Un país donde el petróleo es de todos

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Un país donde el petróleo es de todos

La matanza revela un nuevo miedo social, la amenaza cultural y no la crisis

JUAN GÓMEZ (ENVIADO ESPECIAL) – Oslo – 28/07/2011

En el primer día veraniego de la última semana, Oslo recuperó ayer su estampa de poblachón pacífico y amable. Sus habitantes se muestran decididos a conservar el modelo de convivencia que Anders Breivik trató de dinamitar con su doble atentado de Oslo y Utoya. Noruega disfruta de un Estado del bienestar muy bien engrasado por los miles de millones de euros que obtiene del petróleo. Pero no solo: antes de que comenzaran a explotar sus reservas del Mar del Norte en 1971, la llamada “economía continental” noruega funcionaba sin sobresaltos. La presión fiscal era relativamente alta y las arcas públicas encontraban suficientes fuentes de ingresos.

El tesoro fósil bajo el mar descubierto en 1969 es un gigantesco seguro social. Tras constatar el vertiginoso crecimiento de las ganancias petroleras, el Estado decidió en 1990 crear un fondo de inversión en el que depositaron las primeras coronas noruegas en 1996.

Hoy, el llamado Fondo del Estado (SPU) controla el 1% de las acciones que se venden en los parqués globales. Según destacaba ayer el secretario de Estado de Hacienda, Morten Soberg, es el mayor fondo de inversión del mundo con más de 400.000 millones de euros en activos. De todos los noruegos.

Pese a esta opulencia pública y a la sensatez con la que el Estado invierte y gasta su dinero, la masacre del viernes puso de manifiesto en Noruega un debate que hasta ahora no había trascendido en el exterior.

Según explicaba el antropólogo Thomas Eriksen, “es un miedo nuevo que no se basa en lo económico ni en los viejos recelos por la amenaza al empleo [el paro en Noruega no llega al 4%], sino en la percepción de una amenaza cultural”.

Paradójicamente, esta se articula a veces desde posiciones políticamente correctas: destacando la discriminación femenina entre los musulmanes o su supuesta homofobia.

Al visitante de Oslo se le escapará el río Akerselva. Soterrado en muchos tramos, a su oeste quedan los barrios más acomodados. Al este, las zonas donde se concentran los inmigrantes. Algunas mujeres pasean con pañuelo islámico por las calles orientales, que cuentan con menos jardines y casas unifamiliares que el oeste.

Pero comparado con los distritos marginales de Marsella o Madrid, el este de Oslo sigue pareciendo un lugar medianamente acomodado. Según explicaba Soberg, “depende de con qué se compare… Pero en términos absolutos apenas hay pobres en Noruega”.

Al oeste de la ciudad, la profesora Nina Witoszek señalaba un grupo de edificios a pocos kilómetros de su balcón: “Ahí vivía nuestro célebre vecino”. Breivik, que en su manifiesto acusa al profesor Eriksen de “vivir en barrios donde no hay inmigrantes”, también creció en un barrio así.

Para Witoszek, los actos de Breivik fueron un “síntoma” de los errores cometidos en la integración de inmigrantes. En el debate público, Eriksen y la profesora defienden a menudo tesis enfrentadas: ella es provocadora y de pensamiento rotundo.

Él representa posiciones de centroizquierda. Ella acusa de “ingenuidad vocacional” a los dirigentes “que no quieren ver la realidad de la mala integración”.

Para ambos, Breivik ha supuesto una sacudida. Coinciden en que la convivencia mejoraría si se ampliaran las voces de los inmigrantes más allá del Consejo Islámico. Ven en Breivik y Osama bin Laden a un par de “gemelos simbióticos” que buscan la misma meta.

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