¡Europa, Europa, Europa!

· ue
Autores

¡Europa, Europa, Europa!

10.07.11 – 01:57 –

ANTONIO BAR CENDÓN | CATEDRÁTICO DE DERECHO CONSTITUCIONAL – UNIVERSIDAD DE VALENCIA INSTITUTO DE ESTUDIOS EUROPEOS – UNIVERSIDAD LIBRE DE BRUSELAS
    Europa! ha sido, y aún es hoy, el grito que en muchas gargantas y en casi todas las esquinas del continente ha expresado, y aún expresa, la esperanza de salvación, la esperanza de superación de los problemas internos -políticos, económicos y sociales- de los Estados.
    Ahora, paradójicamente, la crisis económica parece que ha invertido la situación y muchos creen ver en Europa, no la salvación, sino el problema.
    Así, no sólo en la calle miembros del 15-M claman contra Europa, el pacto del euro y otras decisiones comunitarias, con los eslóganes y estereotipos habituales de ‘la Europa del capital’, ‘la Europa de los mercaderes’, ‘la Europa neoliberal’, etc., sino que esos lemas han invadido también los parlamentos y otros foros políticos, en España y en otros países.
    Grecia -¡pobre Grecia!- es, desde luego, el detonante que ha disparado las críticas sobre lo que, aquí y allí, se considera el egoísmo y el malhacer de Europa.
    Llama la atención que, frente a lo que la Unión Europea significa, las pancartas de la plaza Sintagma de Atenas hayan exhibido el eslogan de La Pasionaria en la defensa de Madrid, «¡no pasarán!», y la bandera de España (¡la de siempre, no la de la Segunda República!), como símbolo de la rebeldía y de la resistencia de la calle, pensando, quizá, en lo que en España ha significado el movimiento 15-M y la toma de la Puerta del Sol de Madrid.
    Sin embargo, quienes así gritan y se manifiestan deben saber la verdad auténtica, no la manipulada desde la ignorancia o la mala fe política que suele acompañar a cada momento transcendente del proceso de integración de Europa.
    El problema de Grecia no es Europa, es su clase política, es su misma sociedad, acostumbrada desde hace décadas a un uso relajado del Estado de Derecho y al tratamiento condescendiente por parte de la UE, que ha permitido la mala utilización de los fondos europeos, el falseamiento persistente de sus cuentas públicas y una corrupción generalizada a todos los niveles y en todos los ámbitos, que es más propia de un país de otras latitudes geográficas que del continente europeo.
    Grecia entró en su momento en las Comunidades Europeas por una decisión puramente política, que pretendía blindar su débil democracia frente a un nuevo golpe de sus coroneles.
    Pero Grecia no estaba preparada entonces, ni -según los hechos trágicamente demuestran- parece estar preparada aún ahora, para gestionar un proceso de integración político y económico como el europeo.
    Pero, ¿qué sería de Grecia -o de España, o de Italia, o de Bélgica, o de todos los Estados miembros- sin la UE? Algunos analistas sostienen que la salida de Grecia -o de los otros países en crisis- de la zona euro, o, incluso, de la UE, supondría la solución.
    Ya se sabe, economía de catón: política monetaria propia -devaluación de la moneda-, inversión pública, deuda y déficit públicos sin control, etc.
    Pero ¿quién respaldaría entonces a esos países?
    ¿quién financiaría sus infraestructuras, su agricultura -fondos estructurales-, su formación, su política social -fondos sociales, fondo de cohesión-?
    ¿quién financiaría sus inversiones en medio ambiente, en investigación, en innovación?
    ¿quién respaldaría su deuda o su déficit públicos, como lo hace ahora, y lo ha hecho desde el principio, la UE?
    ¿cómo se controlarían su inflación desbocada?
    ¿con qué moneda -y a qué precio- iban esos países a comprar el petróleo y otros recursos naturales necesarios para su desarrollo, de los que no disponen?
    ¿Alguien puede realmente imaginarse -sin desvarío alguno- que algún país de la UE pueda hoy separase de la Unión, o del euro, y pasar a adquirir el estatuto de Estado asociado que los acuerdos particulares, o la política de vecindad de la UE, permiten hoy tener a países como, por ejemplo, Albania, Ucrania, Turquía, Marruecos, o Jordania?
    Si alguien piensa realmente eso, debe saber que el Tratado de la Unión Europea prevé ya, tras la reforma del Tratado de Lisboa -y esto fue también un verdadero desvarío-, la posibilidad de que los Estados miembros se vayan de la Unión. La puerta, pues, está abierta para quien quiera traspasarla.
    Ahora bien, el proceso sigue adelante, y la UE, a pesar de los graves problemas y de los desequilibrios existentes, sigue obcecadamente empecinada en continuar con un proceso de ampliación sin límite que no hace más que aumentar las dificultades.
    El proceso decisorio es cada vez más complejo, lo que no sólo debilita las estructuras de gobierno, sino que incapacita para la adopción de decisiones ágiles e importantes (política económica, política internacional, política de defensa, inmigración, etc.) que vayan más allá de la mera gestión cotidiana de recursos económicos y de trámites administrativos.
    Europa, como tal, está hoy cada vez más ausente de los problemas y de los ámbitos de decisión internacionales -en política y en economía-, siendo sustituida en ellos por los grades Estados -el Reino Unido, Francia, Alemania- que ignoran las opiniones y los intereses de los demás Estados, a los que sólo les cabe seguirles en sus grandes decisiones.
    Y, lo que es peor, este proceso se quiere extender incluso a países cuyas poblaciones no desean hoy esa adhesión a la UE y cuya visión y valores distan bastante de aquéllos que un día inspiraron la creación de las Comunidades Europeas.
    Si nos atenemos a los últimos datos oficiales del Eurobarómetro, sólo el 42% de los turcos apoya la adhesión a la UE, cifra que es el 28% en el caso de Islandia y, peor aún, es sólo el 27% en el caso de Croacia, país cuyo ingreso en la UE está ya previsto para el 2013. (En el caso de Macedonia, en cambio, estas cifras alcanzan el 59% de su población).
    Claro que, si acudimos a la opinión pública de los Estados miembros, la perspectiva es también bastante descorazonadora. En España, por ejemplo, apenas el 51% de la población cree hoy que la pertenencia a la UE nos beneficia; 9 puntos menos que hace sólo unos meses.
    ¿A qué extraño juego, pues, está jugando la UE?
    La UE tiene un inmenso trabajo por delante, pero éste no es simplemente crear un gran mercado continental, uniendo a todos los consumidores de Europa.
    Esa visión, además de mezquina, no beneficia en absoluto a esos mismos consumidores, como muy bien comprobamos en la crisis actual.
    La UE ha de procurar -antes de asumir cualquier otra ampliación- su consolidación interna entorno a los valores y los fines de los que ella misma se ha dotado, de manera explícita, por el Tratado de Lisboa.
    Debe buscar la mayor eficiencia y operatividad de su estructura institucional, y dotarse de un proyecto político común -hoy inexistente- que dé mayor unión y coherencia a sus miembros.
    Hoy, no se sabe verdaderamente hacia dónde camina y qué es lo que quiere verdaderamente ser la UE.
    Y eso la limita, la incapacita para una acción verdaderamente efectiva, en el interior y en las relaciones exteriores. Y
    , claro es, los ciudadanos lo ven y lo sienten; pero también nuestros competidores y los especuladores, que se benefician del río revuelto.
    Hoy, más que nunca, es incuestionable la afirmación de Ortega: ¡Europa no es el problema, Europa es la solución!

    Responder

    Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

    Logo de WordPress.com

    Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

    Imagen de Twitter

    Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

    Foto de Facebook

    Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

    Google+ photo

    Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

    Conectando a %s

    A %d blogueros les gusta esto: